Aquellos añorados años setenta

Imagen de agonzalez
Ángel González
Foto de la web oficial de Cameron Crowe (The Uncool) y la película Almost Famous
Foto de la web oficial de Cameron Crowe (The Uncool) y la película Almost Famous

Yo nací en los setenta, como muchos otros, pero tal hecho no me acredita para realizar una afirmación como la que destaca el título. Tampoco nacer en los setenta es baluarte para defender esa década, para muchos importantes y para otros simplemente representación de diez años de decadencia, estas afirmaciones de mentes conservadoras y tradicionalistas. Esto no va a ser un relato del “abuelo cebolleta”, aunque sí se puede afirmar que añoramos los años setenta.

En España se vivieron como un periodo intermedio entre el final del franquismo y el nacer de una falsa democracia (porque políticamente seguimos enmascarando que el poder y la fuerza la tiene el pueblo). Pero no se trata de política sino de cultura, indicativo de cuál es la evolución de la sociedad, el cambio generacional que convierte a unos en los nuevos pilares de la juventud y transforma a otros en dinosaurios de lo moderno. Lo curioso a esta transición es ver que esos supuestos viejos no lo son tanto porque aun su espíritu les hace sentirse lo suficientemente jóvenes como para recordar que una vez ellos dominaron las tendencias de la juventud.

Volvamos a la añoranza, ¿qué convierte a los ’70 en una época tan interesante? La situación sociopolítica que abrió los ojos a un nuevo mundo, a una nueva forma de vivir la vida y de entenderla, a convencer a los jóvenes que podían romper barreras, y que sus pensamientos no necesitaban de estilismo sino de convicción. Musicalmente ciudades como New York fueron capaces de sustituir lo más cool del momento, el jazz, por sonidos más ruidosos y urbanos. Los compositores escribían lo que acontecía como trovadores de la vida. Londres rompía moldes y el punk se hizo en espacio desde lo más underground hasta alcanzar las salas más emblemáticas de la escena londinense. Y la disco, como olvidarnos del sonido disco que hizo bailar a todos y crear iconos como Studio54, incluso KISS fue capaz de adentrarse en ese sonido que no solo era pop sino que acercaba el rock a lo más glam. Pero es mucho más que mujeres y hombres maquillados, jóvenes con ropas desgarradas y sujetas con imperdibles, cantautores comprometidos. Eran narradores de historias completas, capaces de combinarlas con los excesos de una época en busca de escapar del conservadurismo.

Lo que me hace añorar de esa época es la sensación de no haberla vivido con más años o tal vez porque no se ha vuelto a producir desde que lo que prima en el mundo de la música es el dinero. Hoy interesa más ver como encajan los grupos en la maquinaria digital, en esas listas que organiza iTunes o Spotify, en ser capaces de vivir con el streaming. Priman más las disputas de Taylor Swift o Kate Perry en las redes sociales, que verlas trabajar juntas en un estudio de grabación, lugares donde se escribía la historia de las leyendas. En el recuerdo quedarán esas imágenes de John Lennon grabando canciones con Steve Wonder, Paul McCartney o cualquiera que estuviera en el edificio. Vivir la experiencia de grabar en el mismo lugar que Bowie creaba Fame. Que te brote la inspiración de un mito como Smoke on the Water después de ver humear bajo el agua de los bomberos la sala de ensayos de Eric Clapton. Que un chaval de 15 años se convierta en el diablillo de los rockeros más rudos mientras su frotman se emborrachaba de agua de colonia barata. Eternas giras sobre un autobús que permitía conocer un continente entero por carretera. El exilio de los Rolling Stones que rego de tintas los tabloides británicos y permitió a la banda crear uno de sus mejores discos. Y como olvidarse de los y las groupies, esas personas que convertían el ser seguidor o seguidora en una forma de vida.

Hoy añoramos esa década porque nos vemos inmersos en canciones vacías, en artistas de postal o triunfadores televisivos. En creadores de masas digitales, en simples títeres de las redes sociales. Amantes de lo volátil y efímero. Incapaces de crear eternidad. Hoy vivimos de los justin Bieber de turno o de las extravagancias sin sentido de las Lady Gaga o Myle Cyrus de turno, porque no olvidemos estos supuestos iconos no dejan de ser mercadotecnia, siempre han existido y siempre existirán pues han sido generadores de dinero y rebeldía falsa. Cantamos al amor por exceso pero sin pasión, solo por deseo animal. Esa ha sido el legado de la actual juventud, la del siglo XXI.

Los setenta fueron eso una transformación del pop, la psicodelia, el rock. Artistas compartiendo pasiones y experiencias. Una forma de vida, una interacción cara a cara entre personas y culturas bajo un mismo nexo común… permanecer eternos.