Recopilaciones, arte en peligro de extinción

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Ángel González
Fotograma del film High Fidelity (2000, Stephen Frears)
Fotograma del film High Fidelity (2000, Stephen Frears)

Corría el año 1995 cuando el británico Nick Hornby, escritor, periodista y crítico musical (entre otras cosas) publicaba un más que divertido libro titulado High Fidelity. Cinco años después el actor John Cusack no dudo en llevar al cine esta misma obra bajo la dirección de Stephen Frears y la producción de Tim Bevan y Rudd Simmons. Si lo analizamos fríamente no deja de ser una comedia romántica que entretiene permitiéndonos pasar una tarde de domingo otoñal acompañados de un buen bourbon. La trama, para los que no lo han leído o visto, nos relata como el protagonista Rob Fleming, aborda a sus 36 años el abandono de su novia quien considera que no es capaz de madurar y comprometerse. Rob es propietario de una tienda de discos en la ciudad de Londres. Con él trabajan dos empleados que tienen un grado de madurez similar y por descontado la misma pasión por la música. El éxito del negocio es más que dudoso pues los únicos discos que venden son los que sus propios egos califican como discos con derecho a pasar a la posteridad. Como es de imaginar la obra tiene un final esperado. De esta obra lo que me anima a escribir hoy es esa pasión desmesurada por la música que su protagonista y compañeros de tienda de discos manifiestan en toda la obra llevándoles a crea eternas listas top5 o recopilaciones.

Si bien es difícil crear una clasificación de “las cinco mejores” (siempre aparece una, dos, tres o más canciones que deberían estar en una lista Top) crear una recopilación es todo un arte al alcance de todos pero valorado por pocos. Crear una recopilación tiene un proceso creativo y un propósito emocional, porque por mucho que queramos repetir una recopilación nunca resulta la misma. Pueden llegar a ser muy parecidas pero nunca tenemos el mismo estado de ánimo, y si algo tiene una canción es sentimientos encontrados. Recuerdo como de adolescente mis emociones me llevaban a escuchar a uno u otro grupo. En ocasiones estos artistas eran tan opuestos como Mecano, Simple Minds, Status Quo o Metallica, pero básicamente todas sus canciones expresaban estados de ánimo.

Lo primero que requería una recopilación era plantearse sobre que plataforma iba a ser escuchada. En los años setenta se realizaban sobre cintas magnéticas. Un proceso artesanal que nacía desde la misma fuente inicial donde encontrábamos las canciones. El origen estaba desde las eternas canciones que sonaban en la radio (a las que por derechos de autor siempre faltaban unos cuantos segundos o escuchabas al inoportuno dj de turno), programas musicales que sonaban en TV y los más afortunados las tomaban directamente de los originales (ya fueran en formato cinta o del negro vinilo de surcos. Las cintas magnéticas sobre las que se grababa eran de distintos minutos entre los que encontrábamos 60 minutos (dos caras de 30), 90 y en algunas ocasiones 120. Podían ser normales de cromo o metal. La elección que realizabas dependía del presupuesto de cada uno y del grabador, afectando a la calidad final.

Una vez tenías el lienzo musical preparado se daba inicio al proceso artístico-emotivo. La labor de creación llevaba a una inmersión musical donde se fundía el conocimiento musical, los tempos y ritmos, los estilos, el destinatario o destinataria (en más de una ocasión servían para ligar con la más guapa) y un proceso matemático milimétrico que llevaba a no dejar una canción cortada ni a dejar espacios vacíos entre la cara A y la cara B. El resultado final te transportaba a un estado de éxtasis frenético capaz de competir con la sensación que produce escuchar en pleno acto sexual el disco a Kind of Blue de Miles Davis. Era lo más cercano que un amateur estaba de sentirse un productor y mezclador profesional.

La evolución tecnológica llego a recrear un microsistema digital que nos adentraba en la tecnología del CD. Con los primeros grabadores éramos capaces de crear lo que en definitiva parecía un álbum. Unos 12 temas seleccionados entre una discografía algo más limitada pues eran pocas las grabaciones digitales y muchas las analógicas. La aparición del formato mp3, la piratería, el intercambio o las propuestas iTunes, Spotify y trabajos en la nube. Con la era digital las recopilaciones empiezan a ser más profesionales pero con menos sentimiento. La localización de temas pasa del placer de disfrutar de una discoteca personal a rebuscar en Youtube después de acudir a las listas de éxito y descargar el tema de deseado. Ya no importa el tiempo que dure la recopilación, la capacidad de almacenamiento es ilimitada o prácticamente eterna. Ya no es una muestra sentimental, ahora es un mecanismo de almacenamiento de horas y horas o incluso días eternos. Del creador hemos llegado al hacedor de interminables datos de audio sin mayor propósito que contentar a las masas. La música se globaliza pero el artista se apaga.